El presidente de la Audiencia Provincial, Andrés Pacheco Guevara, pide «autenticidad y celeridad» en su pregón de la Semana Santa

«Qué paradoja, un pueblo tan necesitado de recursos, sobre todo ahora, tras los últimos terremotos e inundaciones, se sobrepone por unos días a sus penas, a sus calamidades, y enseña a propios y extraños una vez más sus mejores joyas, protagonizando un auténtico alarde de estética y de arte, todo ello presidido por sus creencias religiosas y por su amor a nuestro Dios y a la Virgen», contó anoche en su pregón el presidente de la Audiencia Provincial, Andrés Pacheco Guevara, encargado de ensalzar la Semana Santa lorquina.
No faltaron las reivindicaciones. Pidió «autenticidad y celeridad». Autenticidad, «porque esa es la esencia de cuanto aquí se muestra cada año. Más vale estrenar el año que viene que hacerlo precipitadamente este año, sin terminar las cosas de forma adecuada, esto es, con perfección, pues así han de salir a la carrera los emperadores, los farones, los reyes, los jinetes y aurigas, las figuras a pie, las bandas de música, los “armaos” y, no digamos, los mantos, las capetas, los tronos y las imágenes».
Y celeridad, «porque resulta algo cansado el cortejo de Viernes Santo. No soy quién para opinar sobre qué tramo hay que reducir o sobre qué ritmo es el idóneo, pero sugiero a los procesionistas y entendidos de todos los pasos que no tengan en los palcos a la gente pasadas las doce de la noche, y que recuerden que tras la gran procesión los lorquinos tenemos que trasladarnos a las iglesias a presenciar la entrada de nuestras vírgenes, momento final y único de admirarlas, de venerarlas y de piropearlas en cada Semana Santa».
Recordó a los mejores directores artísticos que han tenido el Paso Blanco y el Paso Azul. «Desde arriba, Felices y Cayuela, que vigilan incansablemente cada procesión, no permitirán un fallo, un descuido, un despiste o una tergiversación histórica, porque ellos crearon la criatura y los sucesivos directores artísticos han de caminar por esa senda, la de la perfección, como en la actualidad, sin duda, se está haciendo».
A las bordadoras quiso hacerles un homenaje dedicándoles la lectura de los versos que les escribiera el poeta lorquino Para Vico. «Con la aguja picaba en el raso / Y del raso brotaba la flor / Con la aguja picose en la mano / y en su mano una rosa de sangre brotó / Con la aguja picaba en su mano, en el raso… / Y el raso y la mano de la bordadora / se hizo todo flor…». De ellas dijo que son «las que soportan el peso de todo este tinglado, a las que con su ingente esfuerzo consiguen, sabiamente dirigidas por artistas, la luz entre los rasos, los rostros entre las sedas, en fin, la belleza entre sus manos».
El pregón, “La Semana Santa de diez días: Ópera prima”, lo concibió como una ópera viva. «Sí la ópera que ponemos en escena en Lorca es muy especial, por original, por tradicional, por artística, por participativa, por brillante y por espectacular».
Recordó que en Lorca, «la Semana Santa no coincide exactamente con la del calendario, pues comienza tres días antes. Efectivamente, desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Resurrección en nuestra ciudad se viven y se escenifican los sucesos de ese tiempo santo con gran intensidad».
Y añadió que «cuando llega el Lunes Santo, Lorca ya ha rezado mucho, sus cofradías ya han procesionado varias veces y sus gentes, todos los lorquinos, ya están metidos de lleno en esa gran representación religiosa y artística que la hacen singular, en esa ópera viva».
La ópera viva que ponemos en escena en Lorca es muy especial, señaló, por original, por tadicional, por artística, por participativa, por brillante y por espectacular. «Es original porque no tiene par en toda la cristiandad, es tradicional porque se encuentra enraizada como una de las más antiguas manifestaciones de nuestra historia, de nuestra idiosincrasia. Es artística porque destila arte por todas partes, en sus imágenes y tronos, en sus banderas y estadnartes, en sus vestuarios, y sobre todo, en sus asombrosos e irrepetibles bordados en sedas y oro, pero también en sus músicas, en sus caballos y sus enganches, en sus carros y sus carrozas, en todo».
Es participativa, explicó, «porque la representa todo un pueblo, los lorquinos, unos, los figurantes de las distintas y muy variadas procesiones, desde los itinerarios convertidos en escenario, y el resto, como activos ocupantes de ese gran teatro en que Lorca se transforma en estas fechas».
Así es, el Cortejo se presencia desde las tribunas, «pero también desde las iglesias, desde los pasos, sacando o recibiendo los múltiples grupos que desfilan cada día, desde las esquinas y bocacalles, desde los balcones y terrazas, e, indudablemente, desde la otra vida, porque en Lorca se es azul o blanco antes de nacer y después de abandonar esta bendita Tierra».
Día a día fue detallando las procesiones conformando los actos de una ópera. Nigún detalle de los desfiles dejó atrás y recordó, a modo de pinceladas, lo que los que le precedieron contaron de la Semana de Pasión lorquina en donde todo «está enfocado a la rivalidad, al enfrentamiento, a la guerra en definitiva, pero a una guerra en la que las armas se sustituyen por el trabajo, por la imaginación, por el ingenio y por el rigor, y son las gargantas de unos y otros las que, alabando o abucheando, mantienen el fuego vivo, el fuego sagrado de esta locura colectiva que es la Semana Santa».
Su pregón lo dedicó a su hermano Manuel, «que desde allá donde se encuentre, me estará diciendo: Qué necesidad tendrás de meterte en estos líos». Y terminó con vivas «por una vez y sin que sirva de precedente» al Paso Azul, al Paso Blanco, a la Semana Santa y a Lorca. Le precedió el pregonero del año pasado, José Antonio Abellán.

Fuente: La verdad